10 febrero 2013

Los Juegos del Hambre



Mi urgente necesidad de aprovechar las vacaciones para leer todo aquello que durante el año se me hace imposible debido a la gran (por no decir enorme) demanda de lectura que requiere la facultad, hizo que en un mes y medio leyera seis libros (y medio, pronto serán siete). Los primeros tres, como ya saben, fueron una pérdida de tiempo: 50 sombras de Grey y la puta que te parió con tus libracos de casi quinientas páginas de pura mierda. Luego, ya fuera por las ganas de saber de qué se trataba, o por las excelentes críticas y recomendaciones, o por el simple hecho de relacionarlo con el estilo fantástico y épico de Tolkien, me sumergí de lleno en el primer tomo de la serie Juego de Tronos… un verdadero alivio después de leer más de mil páginas de cachondeo meloso, berreta y machista.

Ahora bien, mis vacaciones en realidad no son “vacaciones” propiamente dichas, pues sigo yendo a trabajar, pero estoy en ese momento de mi vida donde el verdadero laburo para mí está en la facultad… Por lo tanto, podríamos decir que estoy gozando de unas vacaciones “mentales”, donde me permito descansar de lo agotador que resulta estudiar sin parar tantos meses al año. ¿A dónde quiero llegar con esto? A que si bien no tengo preocupaciones relacionadas con el Derecho, sigo cumpliendo horarios y teniendo otro tipo de responsabilidades laborales, lo que no me permite dedicarle todo el tiempo que realmente quisiera a leer todos aquellos libros que tengo en mente.

Y aquí es donde entra en juego el e-book. Qué buena adquisición. A ver, es cierto que podría llevarme cualquier libro conmigo todo el tiempo y leerlo en los momentos que tuviera libre fuera de mi casa, pero no es lo mismo; el libro electrónico es muy cómodo. También es cierto que para poder seguir con la adictiva historia de Juego de Tronos podría haber descargado el archivo al e-book… Pero aquella parte tan estructurada de mi personalidad no me lo permitió. No, no podía seguir leyendo electrónicamente un libro que ya había empezado en papel, con lo emocionante que resulta eso, sobre todo cuando se trata de un libro tan grande y complejo. Así que opté por hacer aquello que hice durante años, cuando mi cabeza estaba más relajada y me lo permitía: leer varios libros a la vez. En este caso, decidí empezar un libro en el e-book para poder leer cuando tuviera oportunidad durante el tiempo que estoy fuera, y retomar Juego de Tronos una vez que estuviera de vuelta en casa.

Quizás haya sido el amor que siento por las sagas (admiro esas historias que ocupan varios libros, particularmente disfruto más de las tramas y logro encariñarme mucho con los personajes), o quizás la necesidad que siento últimamente (bah, que siento desde siempre) de huir de la realidad con la apasionante ciencia ficción, o quizás haya sido también el impacto que me causó la película cuando la vi hace menos de un año. La cuestión es que consideré que la saga de “Los Juegos del Hambre” seguramente sería algo interesante y ligero para leer en cualquier momento, sobre todo porque los libros no parecían muy largos. Además, cuando fui al cine y observé el fanatismo que generaba el estreno, experimenté una extraña nostalgia que sólo pude asociar con lo que lograba producirme el fenómeno Harry Potter años atrás (cuyo final claramente significó el fin de mi propia infancia). “Tal vez esta saga sea para los chicos de ahora lo que para mí fue Harry Potter durante mi niñez y adolescencia”, pensé. Y ya fuese por la intriga que me originaba, o por la añoranza que caracteriza aquel aspecto sensible de mi personalidad (sí, lo tengo), empecé a leerlos…

Y los devoré. Si bien le ponía fichas a la saga, jamás hubiera esperado encontrarme con algo tan bueno. Como había visto la película, el primer libro no hizo otra cosa que comprobar lo realmente impactante que resulta ser ese mundo absolutamente distópico que describe, aumentando mi ansiedad y mis ganas de avanzar en la fantástica trama. Desde el principio me maravilló darme cuenta cómo con tan pocas palabras y sencillas frases, la autora lograba impactarte sin necesidad de escribir grandes párrafos o hacer densas descripciones. Lo mismo con los personajes: unos pocos conceptos y algunos simples hechos bastan para identificar las personalidades de cada uno de ellos, lo que no significa en absoluto que no sean muy, muy complejos.

Luego de terminar el primero, empecé sin esperar el segundo, esta vez desconociendo por completo el rumbo que tomaría la historia. Además, “Los Juegos del Hambre” me había parecido tan bueno, que no imaginaba cómo sería posible superarlo, sobre todo teniendo en cuenta que, aparentemente, su trama no podría repetirse demasiado. Y así comienza el libro, interesante pero con suspenso, sin dejarte en claro cómo se desarrollará las páginas siguientes… Hasta que de repente la historia da un batacazo que te deja en estado de shock por lo inesperado que resulta. O por lo menos eso me pasó a mí. Solté un “Naah… jodeme” en aquel momento, y no pude dejar de leer, sorprendiéndome lo superador que resultó ser el segundo libro con respecto al primero, algo que para los autores debe ser difícil de lograr. Y ese final… Hizo que agradeciera tener el tercer libro ya en mis manos, porque de otra manera la ansiedad hubiera sido insoportable, como en su momento lo era Harry Potter: salía el libro en julio, la traducción llegaba en febrero del año siguiente, lo leías en cinco días… y tenías que esperar nuevamente dos años hasta poder empezar el siguiente (ahora que lo pienso, Rowling debió de sentirse bastante presionada a la hora de escribir, lo que hace que la saga de siete libros resulte ser todavía más valorable).

Y qué decir del tercero. Todo lo que ya de por sí resultaba distópico, redobla la apuesta, aunque dejando ver algún rastro de una posible utopía. El relato se vuelve inesperado y, sobre todo, desesperante, porque cada vez que las cosas parecen marchar bien, todo se derrumba. Aún así, mantiene un cierto hilo de estabilidad dentro de lo que parece ser un avance inestable… hasta que llega un punto donde todo se va al carajo. Pero en el buen sentido de la frase: lo que venía ocurriendo da un vuelco de ciento ochenta grados, algo que logró dejarme con la boca abierta… y que no pude cerrar hasta el final. Y sigo maravillada con lo mismo: esa forma de decir las cosas con pocas palabras y frases sencillas. ¿A qué me refiero con “cosas”? A grandes conceptos: la guerra, la paz, la pobreza, la lealtad, la traición, la amistad, y el amor. Concisa y concreta, la autora da en la tecla en cada una de las concepciones que trata durante la historia. Y qué decir de los personajes… con escasos vocablos y simples actos, logra delinearles personalidades sólidas y atrapantes. Katniss es increíble, y Peeta… hacía mucho que un personaje no lograba enternecerme tanto como él. Y de forma sencilla, sin rebuscar demasiado.  

Ayer me tocó leer el final. Siempre que leo una serie de libros, por más que parezca tan buena, no puedo dejar de preguntarme cómo será el final. Si siempre es difícil terminar cualquier cosa, en especial una historia, no quiero ni imaginarme lo que debe ser darle fin a una saga de libros, donde la línea entre el éxito y la decepción puede llegar a ser muy fina. Lejos de ser decepcionante, el final de la trilogía “Los Juegos del Hambre” resulta perfecto: porque lejos está de ser tontamente feliz (eso sí que decepcionaría), sino que logra mantener una coherencia impecable con todo lo anteriormente relatado.

Teniendo en cuenta la sensación reflexiva que me dejó la saga, me di cuenta que no fue tanto la nostalgia por los libros infantiles lo que me llevó a apreciarla, dado que, a medida que iba leyéndola, me di cuenta que la historia lejos está de ser para niños, sino más bien otra cosa: esa necesidad de ver el mundo real desde otra óptica; la de una absoluta (o quizás no tanto) irrealidad.   

13 diciembre 2012

JUSTICIA POR MARITA VERÓN


Todavía no salgo del estupor que me causó escuchar la palabra “absolver” durante la lectura de la sentencia del caso Marita Verón. ¿Cómo se puede desechar así, en tan pocos minutos, una lucha que lleva diez largos años? ¿Cómo se puede invalidar con semejante descaro los testimonios de las víctimas de uno de los crímenes más aterradores, como lo es la trata de personas? Me pregunto, ¿cómo podrán aquellos jueces permitirse mirar alguna vez a los ojos, no sólo a la señora Susana Trimarco, sino también al resto del pueblo argentino que aguardaba con ansias la lectura de un fallo ejemplar? Mis ojos se llenaron de lágrimas de indignación, de enojo, de vergüenza. Por eso, comencé a buscar con la mirada la imagen de Susana, esperando hallar en su rostro el mismo desconcierto que sentía yo. 

Pero eso no sucedió. Por el contrario, observé en ella una increíble serenidad, como si las desgarradoras palabras de la repudiable sentencia no la sorprendieran. Su semblante era imperturbable, un aspecto que la ha caracterizado durante todos estos años. Su mirada, fija en la realidad, sí, pero posada siempre más allá de los hechos. Y luego la escuché, diciendo que este despreciable suceso la volvía más fuerte, como si eso fuera aún posible en una mujer que ha demostrado poseer toda la fortaleza que un ser humano es capaz de albergar. Le preguntaron a cuántas chicas había salvado del terrible destino de la prostitución. “Ciento veintinueve”, contestó. “Yo sola”. 

La mención de ese número generó un cambio radical en la emoción que sentía hasta ese entonces. Sabía que la Fundación “Marita Verón” había rescatado a miles de chicas, pero jamás hubiera imaginado que Susana Trimarco, sola, hubiese recuperado a tantas jóvenes. En ese momento, la vergüenza que me había generado ese fallo fue superada por un sentimiento mucho mayor: el orgullo de saber que nada ni nadie podría jamás mitigar el inmenso amor de esta madre. 

Y de repente, tuve la certeza de que aquellos jueces, supuestos encargados de impartir justicia, no tuvieron en cuenta una cosa: mientras ellos, con todas sus atribuciones, fueron incapaces de condenar a 13 imputados graves, una simple mujer adulta, madre, abuela, luchadora incansable, pudo devolver al mundo centenares de vidas robadas.

Semejante acto de amor no puede quedar impune. 

JUSTICIA POR MARITA VERÓN.

14 junio 2011

Jorge Luis Borges.

(Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 - Ginebra, 14 de junio de 1986)

Homenaje a los 25 años de su muerte.

“¿Quién serás esta noche en el oscuro sueño?”
(inspirado en fragmentos de poemas, entrevistas, cuentos y vida de Jorge Luis Borges)

El 14 de junio de 1986 había sido un duro día de trabajo, cosa irregular en realidad, porque a pesar de lo tediosas que pueden volverse las horas cuando uno está sentado durante tanto tiempo en una biblioteca atendiendo a la gente y contestando a sus preguntas, resulta verdaderamente imposible dejar de maravillarse con ese mundo fantástico de palabras y lectura. El solo hecho de estar inmerso en un ambiente literario, tal como lo es la Biblioteca Nacional, nos lleva a aquel estado de quietud y serenidad que hoy en día parece cada vez más difícil de alcanzar: la paz. Sí, ciertamente, al verme rodeado de todas aquellas obras y de aquel silencio tan particular (roto tal vez por el sonido de las frágiles páginas que delicados dedos pasan, o por el suave golpe de los libros saliendo de o volviendo a sus respectivos estantes), logro sentir paz.
Pero no el 14 de junio de 1986. Nunca olvidaré ese día.
Aquella mañana, extrañamente, algo comenzó a perturbarme; en ese entonces aún no sabía qué. Se trataba de una clase de presentimiento: no sabía cómo, no sabía por qué, pero sí sabía que algo había sucedido, pues la calma que sentía en mi lugar de trabajo jamás se había visto afectada.
En lo que restó del día, estuve distraído, cosa curiosa en mí, pues soy capaz de abstraerme de los lugares y de las situaciones con una facilidad que muchas veces resulta alarmante. “Estás como ido, Jorge”, solía decir mi abuela cuando me encontraba en ese estado de peculiar ausencia. Pero, si ella se hubiera hallado el 14 de junio de 1986 junto a mí, seguramente no habría hecho ese comentario; nunca me había sentido más atado a la realidad.
Cuando finalizó mi horario de trabajo, tomé el sombrero y la capa, y me dirigí al mundo gris de gente y ruidos que constituye la ciudad de Buenos Aires, donde la lluvia caía estrepitosamente y la calle Agüero comenzaba a inundarse. Intranquilo, tomé un taxi para llegar lo más rápido posible a mi pequeña residencia en Balvanera. Sin embargo, la congestión del tráfico retrasó el recorrido de treinta cuadras, y los que podrían haber sido cinco minutos de viaje se transformaron en veinte.
Mi intranquilidad iba en aumento. Por lo tanto, cuando el coche se detuvo frente a la entrada del sobrio pero elegante edificio, prácticamente corrí hacia la puerta, y luego no pude evitar impacientarme mientras esperaba el ascensor.
¿Qué ocurría?
La respuesta me esperaba en el fondo del zaguán de mi departamento. El sobre blanco, pequeño, que quizás en otro momento hubiera sido insignificante, resultaba aterrador a mi vista, porque por alguna extraña razón sabía que abrirlo marcaría en mi vida un punto de inflexión, un antes y un después.
En verdad digo que nunca me he caracterizado por ser un hombre cobarde, pero en aquel momento sentí un miedo terrible. Pensándolo ahora, cuando el tiempo ya me ha permitido una vez más abstraerme del mundo, puedo decir que posiblemente mi parálisis de aquel momento haya durado solamente treinta segundos; pero en ese entonces pareció una eternidad, y el debate que tenía lugar en mi acelerada mente no lograba llegar a ninguna decisión.
Finalmente, me quité con cuidado la capa, la dejé sobre la mesita caoba de la entrada, y coloqué el mojado sombrero encima. Ya sin vacilación, caminé los cinco pasos que me separaban de la carta, y me agaché para recogerla. La abrí con dedos firmes (temblorosos en mi imaginación), y sin prestar atención al remitente saqué el trozo de papel blanco que se resguardaba en su interior. Enseguida reconocí los trazos de mi querido amigo Julio Viterbo, quien hacía ya treinta años que residía en la bella capital de Escocia. Detenidamente, leí su contenido.
Cuando terminé, una infinita tristeza se apoderó de mí. La sensación de vacío me golpeó con fuerza, la carta se resbaló de mis manos, y mis ojos ardieron y se nublaron, pero ninguna lágrima cayó.
Beatriz había muerto.
Sin siquiera ser muy conciente de ello, me dirigí como un autómata hacia mi habitación y me recosté sobre la sencilla cama. A pesar de que tan solo debían ser las seis de la tarde, la lluvia parecía haber llevado la noche a la ciudad aún más temprano de lo que ya acostumbraba hacerlo el invierno por sí mismo; pero no encendí ninguna luz.
Cerré los ojos y automáticamente comencé a ver la seguidilla de imágenes que cruelmente pasaba delante de mí sin pausa, sin permitirme un respiro, sin dejarme asimilar el trágico hecho. Beatriz, Beatriz, Beatriz. Siempre era ella, siempre había sido ella. Beatriz era la razón por la que jamás me había casado, Beatriz era el porqué de mi negación a amar una nueva mujer. Beatriz era la razón de mi vida, la razón de mi existencia. Y ahora estaba muerta, sí, muerta. ¿Por qué? ¿Por qué no podía ser inmortal, como lo era y lo sería eternamente mi amor por ella? ¿Por qué, si la inmortalidad no es más extraña ni increíble que la muerte?
Con lentitud, en medio de aquel torbellino de inmensa nostalgia, fui adentrándome al mundo de la vigilia y, luego (aunque no sabría precisar bien en qué momento), al mundo de los sueños. Allí me perdí instantáneamente en un conjunto de calles entrecruzadas que se hicieron presentes en mi mente: un laberinto. En el fondo de mi conciencia, todo aquello me pareció increíble, pues de por sí la idea de perderse no es rara, pero sí lo es la de crear un lugar para que la gente se pierda. Sin embargo, no fue sólo eso lo que me maravilló; lo verdaderamente extraño fue tener la certeza de que ese laberinto estaba perdido, cosa curiosa, porque un laberinto es un lugar donde la gente se pierde y no un lugar que se pierde. Esa idea doblemente mágica me abatió, pues era a su vez doblemente terrible. Estar perdido en un lugar perdido. ¿Cómo sería posible salir de allí? La muerte de Beatriz me había desorientado. Ella era la mujer de mi vida, la persona a quien soñaba todas las noches con ilusión. Pero esta vez el sueño era un abismo negro, y a pesar de que la veía, mi inconciente ya no podía imaginarla como antes. “¿Quién serás esta noche en el oscuro sueño?”, pregunté desgarrado.
De repente, el laberinto auto-escrutador de mi mente se abrió. Y vi infinitamente en sueños la fusión de lo que había sido y aún era mi vida. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una gran pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie.
Había abierto los ojos, y mi mirada yacía en el lugar vacío a mi lado, donde solamente una vez había reposado la dueña de mi desesperado amor.
Ahora, ella reposaría en otro lugar por siempre. Algunos se preguntarán, quizás, dónde estará la diferencia cuando en verdad ella no estuvo nunca realmente conmigo. Pero la hay, sí que la hay, pues Beatriz ya no camina por este mundo; ahora no compartimos siquiera eso. Durante aquel rápido sueño había estado perdido porque antes me había decidido a buscar algo: la forma de seguir con ella. Y despertándome había hallado la respuesta.
Nuevamente cerré los ojos, intentando hundirme una vez más en el mundo de los sueños, pues despertar es como soñar con la vida de la misma manera que dormir es como soñar con la muerte.
Y yo había optado por la segunda.

María Teresita Arrouzet.
Homenaje.


"Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real."
J.L. Borges.

18 mayo 2011

Cine y Libros.

"La emoción dramática sirve de escape para sus propias emociones, tensamente controladas."

Ella/Yo.

30 abril 2011

La literatura de luto.

“Es curioso, pero vivir consiste en construir futuros recuerdos; ahora mismo, aquí frente al mar, sé que estoy preparando recuerdos minuciosos, que alguna vez me traerán la melancolía y la desesperanza.” El Túnel.

Ernesto Sábato (1911 - 2011)

29 abril 2011

Dancing the dream.


“La conciencia se expresa a sí misma a través de la creación. Este mundo en el que vivimos es el baile del creador. En un abrir y cerrar de ojos los bailarines vienen y van pero el baile sigue vivo. A menudo cuando bailo, me siento tocado por algo sagrado. En esos momentos, siento elevarse mi espíritu y hacerse uno con todo lo que exsiste. Me convierto en las estrellas y la luna. Me convierto en el amante y el amado. Me convierto en el vencedor y el vencido. Me convierto en el amo y el esclavo. Me convierto en el cantante y la canción. Me convierto en el conocedor y lo conocido. Sigo bailando y entonces, es el eterno baile de la creación. El creador y lo creado se funden en una alegría absoluta.
Sigo bailando y bailando... y bailando, hasta que sólo queda... el baile.”

Michael Jackson.

29/04
Día Internacional de la Danza.

23 abril 2011

Ella/Yo

Tiene un corazón más cálido de lo que se imagina la gente, y sus emociones pueden volverse tormentosas, aunque no se tome el trabajo de anunciarlo en la cartelera. La naturaleza emocional es contenida, pero no inexistente.

Como no tiene ilusiones, no intentes venderle espejismos. Para ella, la verdad es belleza, y la belleza es verdad.

16 abril 2011

Charlie Chaplin

¡¡Vive!!
Ya perdoné errores casi imperdonables.
Traté de sustituir personas insustituibles,
de olvidar personas inolvidables.
Ya hice cosas por impulso.
Ya me decepcioné con algunas personas,
mas también yo decepcioné a alguien.
Ya abracé para proteger.
Ya me reí cuando no podía.
Ya hice amigos eternos.
Ya amé y fui amado pero también fui rechazado.
Ya fui amado y no supe amar.
Ya grité y salté de felicidad.
Ya viví de amor e hice juramentos eternos,
pero también los he roto y muchos.
Ya lloré escuchando música y viendo fotos.
Ya llamé sólo para escuchar una voz.
Ya me enamoré por una sonrisa.
Ya pensé que iba a morir de tanta nostalgia y...
Tuve miedo de perder a alguien especial
y terminé perdiéndolo
¡¡pero sobreviví!!
¡¡Y todavía vivo!!
No paso por la vida.
Y tú tampoco deberías sólo pasar ...
¡¡¡VIVE!!!
Bueno es ir a la lucha con determinación
abrazar la vida y vivir con pasión.
Perder con clase y vencer con osadía,
porque el mundo pertenece a quien se atreve
y la vida es mucho más para ser insignificante."

Charlie Chaplin (16 de abril de 1889 - 25 de diciembre de 1977)

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Crecí en un cuarto repleto de imágenes de cine, donde el cuadro más grande que colgaba de la pared era el que mostraba una foto de Chaplin en "El Pibe". A los seis años de edad, ya disfrutaba de sus películas junto con mis viejos, amantes del cine, y a medida que crecía el cariño que me inspiraban sus actuaciones se iba asentando cada vez con más fuerza en mi corazón; Chaplin era simplemente MARAVILLOSO.

Es el día de hoy que sigo pensando lo mismo. Sus interpretaciones, sus películas, su aporte al cine, TODO, lo convierten en uno de los emblemas más importantes de la historia del Séptimo Arte. Ciertamente, el cine muestra actores fascinantes, pero creo que Chaplin aún se mantiene en la cima del todo; ser capaz de traspasar la pantalla con una mirada, de sacar una sonrisa al público sin decir una palabra, de provocar una lágrima tan sólo con una expresión de ternura en el rostro, cargado de un amor lo suficientemente real como para sentirlo con sólo observarlo, mantendrá a Charlie Chaplin en ese lugar por mucho, mucho tiempo más.


08 abril 2011

Yompe!

"Antes de ayer fui a ver "caceria de brujas" y esta bastante buena aunque no habia recibido buenos comentarios de esa pelicula (perdon, digo esto porque es inevitable ver una pelicula y pensar en vos jaja) saludos Yompe. " jajajajaj Qué genio, ¡gracias! Te agradezco por acá porque últimamente no dejás que comenten tus entradas. Para mí siempre es un halago que me relacionen con el Cine. ¡Saludos para vos también!

25 marzo 2011

Me gusta.

"Me gusta ver cómo bajas los ojos cuando sonríes con timidez.
Me gusta ver cómo llevas tu mano hacia el cuello para hacerte un pequeño masaje cuando intentas deshacerte de la inseguridad que te provoca quedarte quieta.
Me gusta ver cómo miras la hora y acomodas una y otra vez el reloj de tu muñeca izquierda sólo por hacer algo, y evitar así demostrar que estás nerviosa.
Me gusta ver cómo te mueves con cuidado, haciendo gala de la suavidad y la gracia adquirida quizás por la danza, para disimular tal vez aquellos pequeños indicios de torpeza innata que sabes que tienes y buscas esconder.
Me gusta ver cómo mueves una y otra vez tu pelo, largo hasta la cintura, intentando controlarlo y disminuir la incomodidad que te provoca.
Me gusta ver cómo me miras cuando fijas los ojos en los míos, atenta, como si pudieras rescatar en ellos algún significado oculto que mis palabras no logran exponer.
Me gusta ver el movimiento de tus largas pestañas cuando levantas con parsimonia los párpados, un sutil efecto que sólo yo, que aprecio cada uno de tus movimientos, alcanzo a ver."

24 marzo 2011

Honestidad.

Hoy, durante una hora, sentí cómo la honestidad de mi interior flaqueaba...

Mi conciencia no estaba nada tranquila. Intenté ver hacia el costado, convencerme que no era tan grave aquella acción que estaba llevando a cabo, que hay personas que hacen cosas MUCHO MÁS DESHONESTAS... Y aún así, no lograba persuadirme.

Y de repente recordé aquellas clases de Derecho donde veíamos que la única sanción que tenían las normas morales cuando se quebrantaban, era la conciencia de la propia persona.

Puedo decir que esa teoría se convirtió en una insoportable vivencia: no sólo el hecho de estar siendo deshonesta, sino también el hecho de pensar y tener la certeza de que estaba siéndolo.

Finalmente, sonreí, y recordando a Harry en "La Orden del Fénix" cuando, luego de haber estado teniendo pensamientos que no eran propios de él, se dijo que sentía asco de sí mismo, me dije: "Yo no soy así."

Y la honestidad instantáneamente absorbió aquel inicio de corrupción...
Porque por más pequeña que resultase, no dejaba de ser eso: corrupción.


¡Ay señor! Ser honesto, tal como
va el mundo es ser un hombre
escogido entre diez mil.

William Shakespeare


No entiendo a los hombres, por Josué Barrera.

¿Por qué los hombres son tan estúpidos? Si ellos dicen que no entienden a las mujeres, yo puedo decir lo mismo. Son tan contradictorios, realistas, fríos, que me cuesta trabajo creer cuando dicen que sienten algo por mí. ¿Por qué me dices tal cosa?, termino preguntándoles a cada uno para luego mirar la manera en que no responden.

Ahora, por ejemplo, no llevo más de diez minutos sentada en esta mesa del Samborns, y ya he sentido la mirada insistente de tres hombres. Los tres me vieron antes de que eligiera la mesa. Estoy segura que sólo bastaría mirarlos de vuelta para que después me sigan cuando me levante de la mesa y me dirija al baño y se interpongan en la puerta para preguntarme mi nombre. Lo digo porque ya me ha pasado. Los hombres no son ninguna caja de sorpresas. Puedo predecir cada uno de sus movimientos. Sus pensamientos no, porque como dije, suelen se contradictorios. Dicen algo y hacen lo otro; en eso se parecen a nosotras las mujeres.

Cada tarde es igual, sin excepción. Después del trabajo entro a Samborns, me siento en cualquier mesa disponible y eso basta para ser asediada por varios hombres. Son muy evidentes. Los odio. Sin embargo, no me molesta ser el centro de atención de vez en cuando. En ocasiones compro una revista antes de llegar, llevo algún libro que tenga pendiente o traigo este cuaderno donde escribo y que me hace ver, en eso no tengo duda, interesante. Todos han de creer que soy escritora porque cuando escribo lo hago sin descanso, se me sueltan las palabras (quizá sea por el café o el azúcar), se liberan las ideas y escribo hasta sentir que alguien me mira, entonces lo ubico y empiezo a mirarlo y a imaginar todo lo que haría y dejaría por estar conmigo.

En mi cuaderno suelo escribir las historias que los demás imaginan de mí, o las que me gustaría que imaginaran o que sucedieran en realidad. Como estoy segura que todos creen que soy una prostituta (aunque lea o escriba soy una mujer sola que va cada tarde y que mira con atención a los demás), escribo historias de prostitutas. Siempre soy la protagonista, siempre acepto la invitación de subirme al auto de quien me invite a pasear y siempre termino en un motel con un desconocido.

Mi cuaderno lo escondo bien, no vaya ser que mi madre o mi hijo lo descubran y vayan a pensar algo que no es. Aclaro: nunca he sido como la protagonista de mis historias, nunca me he subido a ningún auto y mucho menos he terminado en la cama acompañado de un desconocido. Si lo he escrito es porque puede ocurrir en cuanto lo permita, y eso puede ser en cualquier momento porque en cualquier momento hay hombres dispuestos, como el de ayer que me siguió hasta la salida de la tienda para decirme si quería ir a pasear. Por supuesto le dije que no, gracias, en medio de una sonrisa. Insistió diciéndome otras cosas, pero yo me quedé con la misma respuesta. Me dirigí al auto y subí de prisa. Antes de encenderlo miré que el hombre aún seguía en el mismo lugar. Me dio lástima, mucha lástima. Imaginé su vida, sus carencias, lo que lo había llevado a realizar ese tipo de petición. Me dio lástima pero a la vez disfruté mirarlo de ese modo. Me sentí deseada, atractiva, capaz de despertar ese tipo de emociones.

Cuando llegué a casa, abrí con apuro mi cuaderno y escribí que aceptaba su invitación y que me llevaba a un motel donde teníamos relaciones de una manera atroz, violenta, sin pudores. Al terminar la historia me sentí agotada y me di un baño con agua caliente. Dentro de la tina imaginé que aquel hombre me acariciaba.

Ahora he venido al café con un mínimo de esperanza de verlo, aunque sé que ese tipo de hombres no vuelven, desaparecen en seguida; lo sabré yo. Confieso que me gustaría verlo para que me hiciera de nuevo la invitación y disfrutar gozosamente su mirada. Le diría que claro que no, que cómo se atreve, que qué estúpido, pero lo vería y lo escucharía con atención para así alimentar mis historias que me hacen sentir, de una u otra manera, más viva, más deseable, más mujer.




¡Muy bueno!

15 marzo 2011

Vesna, un fragmento de mi futura respuesta.

"[...] alguna vez espero hacerlo [...] Escribir algún cuento, algún texto y mandar(te)lo. Por compartirlo, por creer que puede compartirse. No sé... quizás seamos las Tolkien-Lewis del futuro."

Vesna Alic.

Quizás lo seamos, ¿no? Una versión femenina, un poco más moderna, indudablemente sin la capacidad de Tolkien (en mi caso) para poner tantos nombres a cada uno de sus gloriosos (y centenares de) personajes (desgraciadamente, aunque disfrute mucho escribir, ya me di cuenta que soy MALA para elegir nombres y poner títulos), ni con su capacidad creadora o la genialidad fantástica de Lewis, pero sí con el mismo fervor hacia las letras y, principalmente, la amistad.

¡Gracias por esa analogía tan maravillosa, amiga!

Un halago increíble, o mejor dicho una aspiración: Tolkien y Lewis.

12 marzo 2011

Realidad.

"Nobles ideales se vuelven toscas realidades"

Norberto Bobbio.

07 marzo 2011

¡Hombres!

Tere: ¿Se te cayó algo?

Flaco sorprendido: ¿Qué?

Tere: Que si se te cayó algo.

Flaco: No no, ¿por?

Tere: Ah, no sé, me pareció.



"Las mujeres siempre saben cuando les estamos mirando el culo.
Una cosa más para la que nacimos torpes y obvios."

02 marzo 2011

It's the final countdown.


Este indefinido rejunte de emociones me está matando.

¿Hasta cuándo me va a seguir pasando esto?
¿Hasta cuando voy a pretender ser más fuerte de lo que soy?

Mi cara se asemeja a una piedra, mi postura es imperturbable,
pero por dentro...

Repito:
este indefinido rejunte de emociones me está matando.

"¿Tenés ganas de volver a Buenos Aires?", me preguntan.
Y yo no sé qué responder. Por supuesto, tengo ganas, me fascina, extraño mis días allá, me gusta lo que hago y, por sobre todas las cosas, me gusta lo que estoy viviendo. Pero, no, porque allá extraño mi familia, extraño mi casa, mi cuarto, mis días acá. Estoy tan arraigada a ambos lugares que cuando llega el momento de irme, ya sea de Buenos Aires como de San Martín, la situación se asemeja a la de despedirse de un amigo muy querido, a quien sabes que volverás a ver, pero luego de cierto tiempo, y con toda seguridad, extrañándolo demasiado durante ese lapso en el que estarán distanciados...

Respuesta: "Sí y no". No puedo andarme con tantas vueltas.

Gracias a todo un trabajo mental de abstracción, aprendí a sentirme BIEN en cada lugar. ¿El método? Establecer un muro. Estoy allá, y ESTOY ALLÁ. Estoy acá, y ESTOY ACÁ. Trato de evitar, y me enorgullece comprobar que suelo lograrlo, pensar en "el otro lugar", en el que no estoy y desearía estar.

Aún así, me encantaría chasquear los dedos y aparecer en Buenos Aires, chasquear los dedos y aparecer en San Martín.

Me encantaría evitar la previa de la partida que se hace eterna, pero al mismo tiempo pasa a una velocidad indescriptible.

Me encantaría evitar la despedida, la imagen de tus viejos impasibles, felices de que estés en pleno camino del progreso, pero destrozados por dentro. Me encantaría dejar de pensar aquello que me dijo una de mis mejores amigas: "Ellos siguen con su misma vida, pero con una persona menos en ella".

Me encantaría no sentirme tan dividida.


Y sí... son los "últimos días" otra vez.

28 febrero 2011

Increíble.

¿Dije que "evité que el momento fuera tan límite"?

Mierda, empecé la semana tragándome esas palabras.

Bueno, yo lo evité... Pero el destino me ganó. No quería enfrentarme del todo a la situación, y terminé pagando mi cobardía: la situación se presentó, y no me permitió esquivarla.

Pero acá estoy, entera, tratando nuevamente de colocar en la cima aquellas dos cartas malditas que últimamente no dejan de caerse. Pero no todo el castillo, repito, sino sólo aquellas dos últimas... O de eso intento convencerme yo.

27 febrero 2011

Siento.

"Típico momento límite, decisivo, que suele embriagarse de incontables sentimientos, los cuales tienden a derribarnos el castillo de cartas que armamos. Ahora, si éste sigue intacto al momento del golpe, la sensación de grandeza en el alma y de haber dado un paso más, es uno de los mejores que podemos vivir."

Comentario de Agus D. a una de mis entradas.

Podría decir que, aunque evité que el momento fuera tan límite, los incontables sentimientos me embriagaron, sí... Pero su soplo apenas tiró las dos cartas de arriba del castillo armado.

Siento que podré volver a colocarlas con cuidado, sin derribar a todas las otras... O eso espero.

24 febrero 2011

¿Cuál soy?

A veces pienso que soy buenísima... y otras que soy una terrible hija de puta jajajaja

¡Tenía que ser mina!

22 febrero 2011

Escenas.

Escenas. Escenas. Escenas y más escenas.

Es lo único que puedo escribir.

¡Mierda! ¿Cuándo llegara el momento en que el golpe de inspiración sea mayor y me permita crear un hilo conductor de las mismas?

Basta de fragmentos. Quiero una historia.